sábado, 26 de enero de 2008

Sobre la pintura de Paula Swinburn, por Manuel Torres

Después de tanto ver pinturas, de leer la historia del arte, consultar la memoria de los maestros y sentir el peso de la tradición marcando el oficio de pintar, uno no puede evitar un cierto grado de escepticismo ante cualquier obra que se presente como tal.

Casualmente asocio este estado mental al recuerdo del ejercicio paródico de esa rehecha "Balsa de la Medusa", flotando en el océano hasta ser devuelta a la orilla con las huellas de su periplo adheridas a la superficie oxidada de la tela que luego sería colgada en los agrietados muros del Museo de Arte Contemporáneo.

Con todo, a pesar de todo, debiera decir, subsiste el gesto. Lo que queda tras descubrir estos paisajes de Paula Swinburn, es reivindicar el placer arcaico de simplemente contemplar un imaginario que recuerda los ejercicios de taller, el lugar donde se resuelven los dilemas y métodos que sostienen la práctica del lenguaje propios de un pintor realista. Realista y algo más en este caso.

La pintura en Swinburn es una zona privilegiada para el ejercicio crítico de la imaginación, pero una imaginación que se confronta y mide ante el realismo que emana de sus paisajes.

Como su antepasado, el pintor Enrique Swinburn, Paula dirige su mirada hacia un entorno que conoce y caracteriza. Parece encontrar que tras la lluvia los objetos representados se muestran inestables, las formas se tornan difusas ‘y que en la naturaleza ningún color se presenta aislado de su entorno, sino que comparte algo de sus colores vecinos’. La imagen que representa el paisaje, entonces se agita y plantea en cierta medida un forzamiento de la expresión necesario en la intención de la artista.

Estas pinturas dan cuenta de páramos que parecen marinas o simplemente extensiones bajo una atmósfera cargada de presagios.

Pienso, nuevamente en la lluvia, el agua, la humedad de las veladuras contra los empastes que representan la luz y el enunciado simbólico oculto tras esa húmeda caída, una atmósfera propia que Swinburn impone a su obra.

Manuel Torres
Mayo 2004